Perú - Informaciones Generales

Historia

El Perú prehispánico

Los primeros hombres que llegaron a los Andes contaban con un nivel cultural muy básico; poseían herramientas, tecnología y formas de organización bastante simples. Por ello tenían que vagar por el territorio en busca de alimentos para subsistir. Debieron enfrentar el enorme reto de un medio geográfico diverso y muy complejo, que les exigió desarrollar al máximo sus destrezas y su creatividad. Durante miles de años se fueron adaptando a dicha geografía, aprendiendo a sacar el mejor provecho de ella. Este largo y lento proceso implicó una permanente experimentación, muchos descubrimientos y la domesticación de animales y plantas.

Cerca del año 2500 a.C. se habían producido ya dramáticos cambios que alterarían totalmente las formas de vida. El hombre se había convertido en productor, asegurando el abastecimiento de alimentos que podía guardar como reserva, obteniendo tiempo libre para dedicarse a nuevas actividades. Se iniciaron entonces nuevas manifestaciones de orden artístico y religioso, como la construcción de grandes monumentos destinados al culto. Paralelamente, los líderes adquirieron más y mejores conocimientos sobre astronomía y agricultura, conocimientos que finalmente les otorgaron un poder que los diferenció claramente del resto de la sociedad, permitiéndoles manejar la religión y acumular riquezas. El mejor ejemplo es Chavín.

Aquél sería el punto de partida de las sociedades complejas, pues una serie de artesanos y especialistas en diferentes campos empezaron a trabajar al servicio de las élites, dando forma a diferentes clases sociales. En los inicios de la Era Cristiana aparecían por primera vez el Estado y las ciudades. Desde entonces, los sistemas administrativos se fueron haciendo más eficaces, tomando como base viejas tradiciones andinas como la reciprocidad y el trabajo comunal. Surgieron élites cada vez más refinadas y artesanos de nivel impresionante.

Por el año 500 d.C., Huari fue el primer Estado que consiguió influenciar gran parte del territorio andino. Más de seis siglos después, el Tahuantinsuyo recogió cerca de 12 mil años de experiencias, logrando conformar un extenso imperio, compuesto por numerosas naciones que compartían una particular cosmovisión, forjada a través de los siglos por la especial relación entre el hombre andino y su medio.

El Perú virreinal

Con la conquista española de los Andes y la caída del Tahuantinsuyo, se inició una serie de transformaciones que llevó a la conformación del Perú moderno. El reemplazo del Estado inca por la administración virreinal sólo fue el cambio más superficial, aunque de indudables repercusiones políticas al establecerse un sistema centralista y autoritario. Lo importante fueron los cambios demográficos, la mezcla cultural y el nuevo orden de la sociedad bajo criterios de raza y estamento; en el ámbito económico, la introducción de una economía de mercado, el uso de la moneda y una nueva concepción de la riqueza y la pobreza; a nivel ideológico, se desmoronaron muchas formas andinas de pensamiento, que fueron reemplazadas por una visión occidental del mundo y donde jugó un papel decisivo la evangelización impulsada por la Iglesia Católica. En suma, el territorio que hoy ocupa el Perú y sus habitantes ingresaron a la historia de Occidente o a la Historia Universal.

En un principio, entre 1532 y 1541, el Perú fue la Gobernación de Nueva Castilla, presidida por Francisco Pizarro gracias a la Capitulación de Toledo (1529). Se trató de una época turbulenta por los mismos efectos de la invasión; la Corona tenía escasa presencia y el poder, de hecho, lo ejercían los encomenderos. Con las Leyes Nuevas de 1542, se creó el Virreinato del Perú y se estableció formalmente la administración que, con algunas reformas, tuvo vigencia hasta los tiempos de la Independencia en 1821 o 1824. Fueron casi 300 años de dominio español, que contrastan con los 180 de nuestra historia independiente. El territorio del Tahuantinsuyo fue conquistado cuando España era la principal potencia europea bajo la batuta de Carlos V. Hacia 1820, la realidad de la Península era muy distinta; entonces España era una potencia de tercer orden y se encontraba bajo el reinado de Fernando VII. Los Habsburgo la gobernaron en los siglos XVI y XVII, dos siglos marcados por la grandeza y el declive. Los Borbones llegaron en el XVIII y sus reformas no pudieron reanimar el antiguo poderío español.  

A lo largo de estos tres siglos, el Perú presenta tres etapas bien definidas. La primera, entre 1530 y 1560, es la de la invasión y el saqueo de los tesoros incaicos; el territorio se abría a Occidente como un espacio promisorio para la explotación de metales preciosos. El “apogeo” se inició con el descubrimiento de las minas de plata de Potosí (hoy Bolivia); el territorio del Virreinato, además, abarcaba desde Panamá hasta la Tierra del Fuego (con excepción de Brasil, colonia portuguesa). Lima era el centro político, económico y cultural de ese vasto espacio. Su élite, gracias al monopolio comercial, era la primera de Sudamérica. Un funcionario que venía al Perú consideraba el hecho como un “ascenso”. Los criollos, por su lado, ocupaban cargos expectantes en la administración y en los negocios. Este “apogeo” duró todo el siglo XVII y entró en decadencia a mediados del siglo XVIII con las reformas borbónicas. Ellas le amputaron su inmenso territorio, abolieron el monopolio que beneficiaba a su élite comercial, desplazaron a los criollos de los cargos públicos e incrementaron la presión fiscal. Esto ocasionó gran descontento, que llegó hasta la abierta rebelión. Por último, abrieron un camino poco adecuado a la futura independencia.  

El Perú republicano: el siglo XIX

El siglo XIX fue testigo de dos momentos dramáticos que marcaron notablemente el desarrollo histórico peruano: la Independencia y la Guerra con Chile. Fueron dos coyunturas trágicas que sembraron caos, destrucción material y división interna. Ambas dejaron muchos odios y tareas por resolver. También es visto como el siglo de las oportunidades perdidas por la gran riqueza guanera que multiplicó el derroche y la corrupción hasta colocar al país en bancarrota hacia los años de 1870. Si consideramos que la independencia se logró en 1824 con la batalla de Ayacucho y que las tropas chilenas abandonaron el Perú en 1884, deducimos que los primeros 60 años de la historia peruana estuvieron marcados por el fracaso.

Luego de Ayacucho, el Perú no pudo escapar al dominio de los caudillos. Estos personajes, en su mayoría militares, manejaron el poder a su antojo, sembraron el caos político y —lo más peligroso— su personalismo retrasó el asentamiento del orden institucional en el país. Luego de la pobreza general dejada por las guerras independentistas, a partir de 1850 la bonanza guanera les permitió gozar de un recurso para asegurar su permanencia en el poder. De esta manera, el país experimentó un clima de relativa estabilidad política y pudo ser testigo de algunas inversiones en obras públicas (educación, servicios urbanos y ferrocarriles). Ramón Castilla fue el caudillo más afortunado, pues sus gobiernos coincidieron con esta “prosperidad falaz”, tal como llamó a esta era el historiador Jorge Basadre.

Pero, en realidad, el guano sembró la irresponsabilidad en el manejo del Estado. Mucho se invirtió en burocracia, gastos militares y operaciones oscuras. Los gastos superaban los ingresos y muchas veces, para cubrir el déficit, se recurrió al crédito externo, poniendo como garantía las ventas futuras del guano. En algún momento, el sistema tenía que colapsar. Esto sucedió en la década de 1870, cuando el Perú se declaró en bancarrota: tenía la deuda externa más grande de Latinoamérica y sus ingresos no podían cubrir sus gastos corrientes ni el pago de la deuda. Pero los problemas no quedan allí. La guerra estaba a la vuelta de la esquina: en 1879, el Perú, unido a Bolivia por un “tratado secreto”, tuvo que entrar en un conflicto por el control del salitre frente a Chile. 

El país no estaba en condiciones económicas, políticas y militares de salir bien parado de la contienda. El conflicto terminó formalmente en 1883, con el Tratado de Ancón, que sancionó una grave pérdida territorial. Las provincias del sur, ricas en salitre, fueron el botín del enemigo. La derrota ponía fin a una etapa. Ahora había que reconstruir el país bajo otros criterios. Los puntos pendientes eran: erradicar el caudillismo en la política, fomentar el desarrollo de las instituciones, diversificar las exportaciones para no depender de un solo recurso y hacer un manejo más técnico de la economía. Los años posteriores serían un esfuerzo por hacer del Perú un país más moderno e integrado para afrontar los desafíos del siglo XX. 

El Perú comtemporáneo: el siglo XX

Luego del serio revés producido por la Guerra del Pacífico, el país inició el siglo XX con el apogeo del proyecto oligárquico orientado a la exportación de materias primas. El modelo entró en crisis a fines de los años veinte, cuando se empezó a ensayar una política económica orientada al mercado interno, promoviéndose la industrialización. Las actividades económicas se diversificaron y se consolidaron nuevos grupos sociales (clase media, proletariado urbano y campesino, estudiantes universitarios) que desafiaron el orden de la antigua clase dirigente. Surgieron nuevas doctrinas y partidos políticos que volvieron a plantearse preguntas y problemas sobre la esencia del Perú y el tipo de nación que queríamos ser: centralista o federal, mestiza o multicultural, proteccionista o abierta libremente al mundo.

De esta manera, el Estado fue asumiendo nuevos papeles para fomentar el desarrollo económico y la integración social. Creció la burocracia y la inversión pública; aparecieron nuevos ministerios y la banca de fomento. Este proceso tuvo su clímax en el régimen militar de 1968 a 1975 y el gobierno aprista de 1985 a 1990. A partir de los años 90, la tendencia cambió al devolverse estos procesos a la iniciativa privada y al mercado mundial. Pero todos estos vaivenes acentuaron el centralismo limeño, que se ha convertido en uno de los obstáculos más serios para el desarrollo integral y democrático del país.       

Un cambio espectacular fue el crecimiento demográfico. La población se triplicó entre 1940 y 1993: pasó de 7 a más de 22 millones de habitantes; al año 2000 llegó a 25,7 millones. Otros factores que cambiaron el rostro del país fueron el crecimiento de la cobertura educativa en todos sus niveles y la expansión de los medios de comunicación (carreteras, radio, periódicos y televisión). Esto integró más al país y empujó a millones de campesinos a buscar nuevas oportunidades en las ciudades. La masiva migración del campo a la ciudad, especialmente a partir de los años 50, fue un fenómeno inédito. Lima fue la principal víctima: en 1904 tenía 140 mil habitantes, 540 mil en 1940, 3 millones en 1972 y más de 7 millones en el 2000. Este fenómeno convirtió al Perú en un país mestizo, urbano y costeño. En 1940, el 70% de la población vivía en el campo; hoy en día, ocurre todo lo contrario: ese mismo porcentaje vive en las urbes.

El Perú se vio afectado, además, por dos fenómenos dramáticos. En primer lugar, a partir de los años 80 estallaron movimientos subversivos situados ideológicamente a la izquierda del APRA y los demás partidos “socialistas”; su intensidad, entre 1980 y 1992, estuvo a punto de hacer colapsar al Estado. Por su lado, el narcotráfico demostró su poder económico y político en amplias regiones del territorio nacional. El Estado terminó controlando el primero y, con la ayuda internacional, debe erradicar el segundo.

Durante el siglo XX, el Perú experimentó casi todos los modelos de desarrollo existentes. El resultado, sin embargo, no ha sido tan alentador. Un solo dato podría resumir el fracaso: casi el 60% de su población vive en condiciones de pobreza o miseria extrema. Falta profundizar los valores democráticos, el orden institucional y una economía de mercado más competitiva y redistributiva. Además, hoy, el país está inmerso en las consecuencias que trajo para el planeta el fin de la “guerra fría” y el acelerado proceso de integración llamado “globalización”. Conceptos como soberanía o dependencia están siendo redefinidos. Lo cierto es que —con el fax, la internet, la televisión por cable y el abaratamiento del transporte de mercancías y personas— el Perú viene acomodándose a los nuevos desafíos que impone el siglo XXI.